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Me retiraron la sonda vesical. Una que acabé. Por ahora


Hoy se cumplían los ocho días que me indicaban en el documento de alta en el Hospital. Alguien especializada en los recovecos de la Seguridad Social, me había pedido cita en mi Centro de Salud y me la habían dado para las once. Un cuarto de hora antes estaba en él junto a una puerta rotulada Sala de Curas. Al parecer los/as ATS que se dedican a esta labor, aparte del trabajo que hacen en el centro, tienen que hacerlo también a domicilio, por lo que no sé exactamente cada cuanto tiempo se van relevando.
En el tiempo de espera hasta que llego la mía, me he quedado admirado de la poca vergüenza que tiene bastante gente. Llegan, abren la puerta sin pegar ni nada y casi siempre con el mismo pretexto: Es que vengo a hacer una pregunta, aunque descaradamente lo que querían es que los atendieran a ellos. El enfermero que precedía a la que me atendió a mí, con no muy buenos modales, les dijo a un par de ellos que para preguntas se fueran a información, que lo dejaran trabajar.
Al fin me llaman por mi nombre, y ahora comprendo el por qué cuando le dije al urólogo, que yo me quitaría la sonda, me dijo que si estaba loco. No es un tubo el que introducen, sino dos, no sé si concéntricos o no, uno por el que sale la orina y otro que infla una especie de globo, que impide que la sonda se salga, por lo que si yo hubiera intentado sacármela y lo hubiera conseguido, puede que detrás hubiera venido hasta el esófago. Me parece mentira no estar ni sondado ni con la dichosa bolsa amarrada a la pierna.
Vamos a casa de mi hija, donde mi hijo ha quedado en hacerle algunos chapuces, y solo de ver cómo está el tráfico, ya me pongo nervioso. Encontrar un aparcamiento en la calle es misión imposible y hay quien lo pretende con lo que solo consigue ralentizar más la cosa.
Hechas las chapuzas, volvemos y mi hijo para en un restaurante chino, que por el tamaño parecía más bien un campo de futbol. Unas cuantas mesas ocupadas por personas solitarias, que incluso las veía comer con apetito.
La sensación de que estoy en un mundo que no es el mío se multiplica por cien, así que digo que nos preparen la comida para llevar y nos la comemos de vuelta a la casa.
Ya había bebido bastante agua en casa de mi hija y cuando orino aquí, sin sonda, me parece un verdadero placer. Cosas de la vida.
Va pasando el tiempo y algo de lastre voy soltando. Solo espero que la sinapsis entre mis neuronas acabe de funcionar y a volar.

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Y van tres. Vuelta al quirófano


Mañana no sé, pero hoy tengo la sensación de que puede ser el punto de inflexión de esta serie de calamidades (no encuentro otra palabra), que me han ocurrido durante los dos últimos años.
Anteayer estuve nuevamente en la mesa de operaciones y es la primera vez que me han dado buenas noticias. Si a esto le sumo que al fin han nombrado el partidor contador de mi dichosa herencia (no estoy pensando en el dinero, sino en resolver de una puta vez uno de los problemas que me hicieron volver de Costa Rica), es como para, al menos, levantar un poco el ánimo.
Lo del hospital, tampoco ha sido tan fácil. Entrada en recepción, me vuelven a marcar como a un borrego, y a la sala de espera de los que ingresábamos para operarnos. Se repite la historia: Llaman a todos menos a dos entre los que me encontraba yo, y coincidencias de la vida, los dos para Urología. Le cuento a mi compañero de fatigas que a mí me tocaba la semana pasada, pero por falta de camas, la postergaron hasta hoy y le digo si hoy no se repetirá la historia. Mientras esperábamos (nos habían citado a las ocho y eran más de la una y media, el hombre, me cuenta que ayer estuvo viendo sus olivos, por si era la última vez que los veía. Está claro que todo el que ingresa en un hospital va más bien acojonado. Para darle ánimos intento explicarle que nuestra operación es menor y que yo voy por la tercera.
Sobre las dos nos dicen que subamos a planta y ya la enfermera que nos vino a avisar, anticipó que algo raro pasaba. Nos esperaba el cirujano, y nos dice que solo pueden operar a uno, que no tienen tiempo para más. Me sube el cabreo y le digo que la semana pasada fue por falta de camas y que por esta no paso. Me elige a mí.
Había una cama libre, pero una con una mujer, y ya se sabe, la discriminación de sexos…
Me vuelven a meter en un trastero para que me quite la ropa, me ponga la bata, y al poco viene la enfermera me tiende en una camilla de curas y me vendan las piernas. Aparece un celador ya con una cama seria, y me llevan para el quirófano.
Espera a que acaben con el que tienen dentro, me ponen la espera en la mano y aparece por allí el anestesista que no daba con la medula (me imagino que es ahí donde pinchan), para anestesiarme de cintura para abajo, en la operación anterior.
¡Hombre, aquí está el marino!
Le pregunto por el hermano (que también lo es) y aprovecho para decirle que hoy si dará con el sitio.
No te preocupes, hoy tengo conmigo a un alumno aventajado que lo hace muy bien, me contesta.
Una vez en la mesa de operaciones, le digo al cirujano. Doy por supuesto que sabes el por qué estoy aquí, pero por si te sirve de algo, tengo la seguridad de que, no sé exactamente donde, tengo una obstrucción que no solo me impide orinar bien, sino que me duele al hacerlo. Menos mal que se lo dije, porque cuando me metió, el endoscopio, se quedó extrañado de lo bien que estaba la vejiga. Lo dijo de una forma como diciéndose ¿para qué me mandan a este aquí?
¡Bueno!, llevabas razón, tienes un estrechamiento en la uretra (que me han provocado ellos, me dije yo) y te voy a hacer una incisión y tendrás que estar una semana con una sonda puesta, para que al cicatrizar no se vuelva a cerrar. Listo y para recuperación.
Sigo diciendo que el estar dormido de cintura para abajo, es una sensación muy desagradable. Tu mente le manda órdenes para mover las piernas, pero estas no le hacen ni puñetero caso. Se perfectamente lo que sienten los que están en una silla de ruedas por esta causa.
Por fin a la habitación, justo la que hay frente al servicio de enfermería. Mi primer pensamiento: Difícil lo tengo el fumar.
Por lo pronto estoy solo en la habitación, así que una vez que me ponen el suero, y siendo ya experto en horario de visitas, aun con los pies y las nalgas acorchadas por la anestesia me voy al baño y me fumo mi primer cigarro. Eliminador de olores, y para la cama. Ni que decir tiene que viene la primera regañera de mis hijos.
Me traen a mi compañero de habitación, un gitano. Puedo asegurar que para nada soy racista, más bien estoy convencido que es todo lo contrario, o al menos tienen un complejo de inferioridad que les hace suponer que a los payos nos tratan mejor que a ellos. Venía acompañado de padres, hermanas, cuñadas, tíos y tías y no sé cuántos más. ¡Dios mío!, me digo, esto parece una feria. Se acabó la tranquilidad.
Ya era tarde y se van yendo a dios gracias.
Acabo haciéndome amigo de ellos.
Se van la mayor parte, pero el teléfono no para de sonar. Son familiares interesándose por su salud. El sentido de familia que tienen, lo envidio.
Mi hija se quería quedar conmigo, pero se lo quito de la cabeza. Como no voy a acordarme de María y de las muchas noches que paso conmigo. La recuerdo hecha un ovillo en esos sillones criminales para dormir. Con mi compañero se quedan el padre y la madre. El padre no paraba de entrar y salir durante toda la noche y no sé cuántas veces me despierta, momentos que aprovecho para quitarme el mono. Precisamente a las siete salía del baño y entra el enfermero más malafollá de toda la planta (no lo digo yo, lo dicen todos sus compañeros/as) y me regaña por estar levantado, le digo que según el cirujano dentro de un rato me voy y estoy haciendo prácticas. ¡Si, a mí me vas a engañar! Pues no pedazo de capullo, pensé yo. A mi gitano le regaña de tanto quejarse por el dolor.
La verdad es que lo del dolor tampoco lo comprendía yo. Hace cinco meses que le pronosticaron que tenía una piedra en la vejiga, y cuando lo metieron en el quirófano, vieron que ya no tenía nada, así que nada le hicieron. Él quería hacerse el mártir delante de la familia, pero es que la madre cada vez que la llamaban por teléfono decía poco más o menos que estaba en las últimas y cada vez que entraba una enfermera/o le decía que su hijo estaba muy mal. En su bolsa de la sonda se veía la orina limpia, o sea que era verdad que no le habían hecho nada. No son ni mejores ni peores que nosotros, son diferentes.
Ya estaban mis hijos allí. Pasa el tiempo y la visita del médico de planta, no llegaba. Ya esperaba lo peor, pasar otro dia allí, pero sobre las doce aparece el urólogo, que precisamente fue el que volvió a mandar a operarme, expresamente a darme el alta. Cuando me dice que probablemente nos volvamos ver cuando me hagan una revisión, le digo que me busque en Costa Rica. Él había estado allí un mes de vacaciones.
Salida del hospital.


Me he enrollado vilmente.
Mi hija quería, por narices, que me fuera al menos estos días a su casa, pero tenía bien claro que yo volvía a mi retiro.


No es agradable estar sondado y con una bolsa amarrada en la pierna, sobre todo temía que dormido, pudiera tener cualquier contratiempo, por supuesto desagradable.
Ocho días pasan pronto, y una cosa vencida.

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No hay dos sin tres, ni quinto malo. Informe de alta


No he puesto el titulo por escucharlo en un anuncio de televisión. Creo que esta frase la he puesto alguna vez en este blog antes del dichoso comecocos.
Llega el día que me indicaba el informe que encabeza este escrito para la consulta del Urólogo y para allí vamos.
El Dr. Suarez que es el que normalmente me ha visitado parece que estaba muy ocupado y me pasan a la consulta de atrás donde estaba un urólogo joven. Nada de bata de medico ni puñetas, una camiseta de esas con mensajes subliminales y bastante agradable.
Lee el documento que le doy y se mete en mi historial del ordenador. Tengo claro que una cosa es lo que te dicen a ti y otra es la que tienen en tu historial. Cuando le comento que la Mitomicina, me había calcificado parte de la herida de la primera operación y que esa calcificación me la habían quitado en la segunda, me dice que al quitarla se habían dado cuenta, que es que quedaban restos del primer tumor y que en la segunda no pudieron profundizar mucho para no romper la pared vesical.
Duda entre seguir con la Mitomicina, pasa a la consulta de Dr. Suarez y al volver me dice que me va a mandar directamente a la mesa de operaciones.
No sé el por qué me acuerdo de unas grúas antediluvianas que echaban unos bloques de hormigón de unos dos metros de arista al espigón del puerto de mi pueblo. Uno de esos bloques lo veo cayendo sobre mí.
Cree que me operaran en Septiembre, pero cuando me paso por Preoperatorio, y aparte de darme cita para un Electrocardiograma, análisis de sangre y rayos para el 21/09/2011, la consulta con el anestesista me la dan para 06/10/2011, lo cual quiere decir que no me operaran hasta Diciembre o Enero del año que viene. Por bien que vengan las cosas, el invierno al que tanta manía le tengo, lo vuelvo a pasar aquí.
Me explica que lo que me están haciendo son operaciones menores, pero que limpiar todo en condiciones, pueden tardar hasta cuatro años. Termina de alegrarme la vida el muy cabrón.
Me sale del alma: ¡Adiós Costa Rica!, y mira por donde dice que el acaba de pasar un mes de vacaciones allí. Me da ánimos y me dice que no lo piense y que después de operarme tire para allí.
Al día siguiente, me desperté, intentándome hacer un lavado de cerebro: Te fuiste a Costa Rica con la idea de empezar una nueva vida, pues a partir de ahora, olvídate de la que empezaste y hazte a la idea que vas a iniciar otra.
¿El por qué no?
Pasan los días y esta depresión solapada que tengo desde que llegue a esta mierda de país, veo que va extendiendo raíces. Por más que pienso, no me veo encerrado aquí con los fríos. No tengo ganas ni de salir al pueblo. Lo que me faltaba es volver a hundirme, y aunque sé que saldré de ella (por ahora nada que ver con la que me tuvo diez años fuera de este mundo), pienso en los que tengo a mi alrededor. Se que se les puede hacer mucho daño. Nadie que no haya pasado por ella sabe lo que es y no comprenden que no es tan fácil como darle a un interruptor para desconectarse de la misma.
Cuando me encontraba muy mal, me echaba en la cama y me traía a le mente la imagen de un fondo submarino con las aguas muy transparentes, cálidas, y llenas de vida, tanto vegetal como animal. Me ayudaba bastante. Me desespera no saber qué imagen traerme ahora.
Esta mañana solo despertarme, lo he visto todo muy negro.

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Mi segunda intervención quirúrgica de un tumor de vejiga. RTU de vejiga


Y llegó el día V (• • • —). La hora de cita en el hospital era a las ocho de la mañana, pero como buen inglés (¿o alemán?), a las seis ya estaba despierto. El día anterior había cumplido a rajatabla las instrucciones que me habían dado en Preoperatorio: Inyectarme en la barriga, meterme un enema, pastilla para no sé qué, y una cuarta que no recuerdo. Como es lógico con mucha antelación ya estábamos allí.
Subida a la cuarta planta (donde nos habían indicado por teléfono) y nos dicen que tenemos que ir a ingresos en la primera. De ingresos, a una sala donde había tropecientas personas. Los ingresantes nos distinguíamos porque nos habían puesto una pulsera similar a la que ponen en los hoteles o discotecas de todo incluido. Van llamando a personas para diferentes tipos de operaciones en diferentes plantas y yo voy quedando para el final. Tan hasta el final que con brazalete solo que damos dos y cosa curiosa los dos éramos para operación de vejiga. Vienen a buscarnos, subimos los dos a la vez y nos dicen que no hay camas así que a joderse tocan, que van a intentar, meter provisionalmente a uno de nosotros en la sala de curas. Ese día estaba enrollado y me ligo a la recepcionista para que sea yo.
Cuarto cochambroso, con medicinas por todas las estanterías. Me quito la ropa, me pongo la típica bata amarrada por atrás, y me vendan las piernas.


En la espera llegan mis hijas. Bromas y fotografías sabiendo que a una de ellas no le hace puñetera gracia que se las hagan.
Aparece una celadora con una cama de hospital, lo que me dice que ya hay una libre y en ella me lleva a quirófanos. Me aparcan en un pasillo y allí me aparecen dos enfermeras y me dicen que me van a ir preparando para ahorrar tiempo, me meten una guía y me hacen algo más. Por allí pasaban cirujanos, anestesistas y junto a mí en varias sillas había una persona de paisano enseñándoles a dos médicos a hacer un planing. Uno de ellos tenía cara de cabreo. Me imagino sus pensamientos: Estoy hasta los cojones de operaciones y en un rato libre me calientan la cabeza con este rollo.
Se me acerca el anestesista y me hace otra nueva interviú: ¿Eres alérgico a alguna medicina? Etc., etc.
Por fin paso al quirofano. Me paso a la mesa del quirófano, y sentado en la misma el anestesista me tantea la parte de la columna en la que me ponen la epidural, me clava la aguja, y dice: Hoy no es mi día. No encuentro el líquido. Contigo es el cuarto que voy a tener que ponerte anestesia total. Se veía cabreado. Cálmate le digo, vamos a ver, la vez anterior que estuve aquí, me metieron la epidural a la primera, ¿Por qué no lo intentas de nuevo? Me hace caso y voz de alegría: ¡Aquí está el líquido! Quizás con más rapidez que la anterior noto que pierdo la sensibilidad en las piernas. Le pide a una de las enfermeras no se qué medicina y le contesta que no hay, la enfermera le dice que por qué no se la pide al farmacéutico y le contesta que a ese hombre no le pide nada porque le manda lo que le da la gana (el descontrol/falta de dinero de la Seguridad Social continua). Al final nos enrollamos, no sé como, sale que tiene un hermano Marino Mercante, cuando le digo que yo también lo soy, me cuenta la vida de su hermano y ya una vez vestido de calle, se acerca y me pregunta por mi nombre el cual apunta, según él para preguntarle si me conocía.
Esta vez, la pantalla en la que el cirujano, va guiándose estaba en una postura que estaba seguro vería la operación. Fue uno de los motivos por los que insistí para que no me pusieran anestesia general.
El cirujano antes de ponerse a extirpar, hace una exploración general y me dice: La cosa se complica, aparte de los dos tumores te voy a tener que quitar una calcificación en la operación anterior que te ha salido como consecuencia de la quimioterapia. Por mi no hay problema, lo siento por ti que se que ya ha acabado vuestro turno y se va a prolongar la cosa. De esto no paraban de quejarse todos los del quirófano y encima todavía les quedaba otra.
Veía en la pantalla con la precisión que iba eliminando todo y le dije: No soy ningún experto, pero creo que lo estás haciendo muy bien. Se ve que le di en su punto sensible y ya no paraba de explicarme cada uno de los pasos que daba. Tan amigo mío quedó, que al otro día fue a visitarme a mi habitación cosa que no es lo normal, ni tienen el por qué hacerlo, puesto que una vez en ella la responsabilidad pasa al urólogo de planta.
Me pasan a la cama y nuevamente celadora arrastrándome por pasillos y ascensores hasta recuperación. O estuve menos tiempo que la vez anterior, o se me hizo más corto.


Cuando me trasladan nuevamente, me veía en un pasillo esperando se desocupara alguna habitación, pero no, no todo iba a salir mal, y me meten en una individual. Lo primero que pienso es que en ella no voy a tener pegas para inflarme de fumar. Había ido preparado con parches de nicotina, cigarros electrónicos de esos que aspiras y tragas vapor de agua, y aunque los probé (menudo timo), cada vez que se me apetecía fumar, me encerraba en el baño, fumaba debajo del extractor (en el baño no había detector de humos) y al acabar rociaba con un espray de colonia y se acabó el olor a tabaco. La verdad es que siempre piensas que te van a coger, y te fumas el cigarro como un desesperado, hasta el punto que cuando acabas el cigarro, hasta el filtro quemaba.
María había bajado para comprar algo para cenar, y mira por donde, que jamás tengo hambre, y esa, ya noche, al verla comer me entra una canina. Me prepara un bocadillo de tortilla de patatas y cuando acabo con él, comía unas tortas de arroz con chocolate, cuando llega la enfermera y se pone echa una fiera. Que si no podía comer, que con la anestesia podía tener una vomitera que me volviera del revés y algo así como que ella no se hacía responsable de mí. Que yo sepa nadie me había advertido de eso.
Ni vomité ni hostias, sino que me sentó pero que muy bien.
Llega la hora de dormir. La verdad es que no tardé mucho en hacerlo, a pesar de temerle a la noche en los hospitales. Me desperté sobre las cuatro de la mañana con escozor en la uretra. Ya por la experiencia de la vez anterior se que se me ha acabado el liquido que a través de un gotero te van introduciendo en la vejiga y llamo a María. La verdad es que verla hecha un ovillo en el sillón, me hace pensar que soy un egoísta, que peor que yo lo está pasando ella. Me cambian la bolsa por otra llena, y hasta que la luz del día me despierta otra vez.
Empieza la rutina de los protocolos, toma de temperatura, te ponen otro gotero para el dolor (no tenia ninguno), cambio de ropa de cama y de esa cosa como una bata, desayuno de una especie de aguachirri (al parecer todavía no podía comer) y cuando se supone que estás listo, visita de la en este caso Uróloga, que me pregunta que como estoy. Le contesto que como dios, y me enrollo diciéndole que con la falta de camas que hay, debía echarme cuanto antes. Me contesta que hará lo posible para que me vaya mañana, y si hay algo que lo impida como mucho pasado.
Sigue el día con una comida ligera, visita de mis hijos, y a dios gracias a nadie le había dicho que me iban a operar y ninguna otra tuve. La vez anterior, que rabiaba cuando tenía que expulsar algún grumo de sangre (ingresé por una hematuria), las visitas no me faltaban fuera la hora que fuera.
Día siguiente. Esta vez viene el Urólogo, que conocía de la vez anterior, con una sonrisa en la cara de complicidad. Es que quieres irte ¿verdad? Siiiiiiiiiii, le contesto. Cuando acabe de hacer el recorrido te doy el alta.
Sobre las doce vuelve con un papelote que ni lo miro y al poco la enfermera a quitarme la sonda y la guía. Me dice que tengo que esperar hasta ver si puedo orinar sin la sonda, me inflo de agua y al momento estoy orinando.
Cuando vamos a despedirnos del personal, se me queda grabada la opinión de la enfermera: Tú que no has molestado nada te vas tan pronto, y los que son unos coñazos, no hay forma de echarlos. También sus quejas: Antes había varias enfermeras por guardia y ahora estaba ella sola y encima debido a las reformas en el hospital, en planta también estaban los enfermos de otorrinolaringología, los cuales también tenía que cuidar.
El médico me había advertido, que orinaría sangre, cosa normal, pero el resto del día y toda la noche que siguió, no era sangre, eran unos coágulos, que me veía de nuevo en urgencias.
Cuando esto escribo, orino normal y la moral la tengo bastante alta.
Se me olvidó decir que al otro día de la operación me pusieron la primera dosis de Mitomicina (quimioterapia), por lo que se me abreviará, y bastante, el tiempo que dura la misma.
Dicen que no hay dos sin tres, y espero que falle, porque lo único que me faltaba es que la próxima vez que vaya a que me hagan la cistoscopia, me detesten más tumores.
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Remar mar adentro o buscar en ti las soluciones a tus problemas


Esta frase se la escuché anoche a una mujer (la verdad es que ella iba por el camino religioso), que lo había pasado muy mal (y lo sigue pasando) e inmediatamente me vino a la cabeza un temporal que pasé debajo de Australia (el peor de los que he pasado en todo mi tiempo de navegación). En la mente de todos los que nos encontrábamos en aquel buque, estaba claro que nos hundíamos. Era gente experimentada en el mar y vi a más de uno llorar.
En estos casos, lo normal es retirarse de la costa (remar mar adentro) y a ser posible ponerse al pairo pero a pesar de ser de noche, me di cuenta que nos dirigíamos hacia la costa. Rápidamente me fui a buscar al capitán y le hice dos preguntas: ¿A dónde coño nos llevas? ¿Es que quieres hundirnos? Confía en mí, se lo que estoy haciendo, me contestó. Acertó. Nos metió al abrigo de la costa de Adelaida y estoy seguro evito lo peor.
No es lo normal.
Esta señora como es lógico y aunque usó un término marinero, no se refería al mar, se refería a que cuando tenemos problemas busquemos en los demás la explicación a los mismos y que sería más fácil mirar en nuestro interior porque posiblemente sea allí donde este la solución.
No sé si esta noche he soñado con esto, pero lo cierto es que solo despertarme, se me ha venido a la cabeza.
Hago comparaciones.
¿El por qué he pasado de estar muy bien anímicamente [mar calma (así me encontraba en Costa Rica)], he pasado a estar “hundido” (o casi)?
¿El por qué no me hago una relación de los motivos que me han llevado a esta situación?
Lo intentaré.
Hago memoria.
Lo primero que recuerdo es que a pesar de haber vuelto en Mayo, en plena primavera, me pareció había arribado al polo norte. Después de dos años en el trópico, no soportaba unas temperaturas que para nada eran anormales. Ya empecé a acobardarme. Nunca me ha gustado el frio. No digamos el invierno que no esperaba pasar y he pasado.
Vine exactamente por tres motivos: Partición de bienes de mi divorcio, partición de la herencia de mis padres y reclamar por el uso de una patente que en su día hice, en especial por las dos primeras puesto que Hacienda, por causas que desconozco, me había puesto como beneficiario de todo y me estaba asaetando con multas (se me chuparon más de 10.000 euros). Inútil todas las reclamaciones que he hecho, los hijos de puta de los políticos de algún lado tienen que sacar el déficit al que nos han llevado.
Quizás haya una cuarta.
No venía con resentimientos contra nadie, y motivos para tenerlos los había, así que hice lo posible por relacionarme con este mundo, pero sigue hecho una mierda y en vez de amansar las aguas se embravecieron. Puede que me encontrara más aislado que antes de irme, y lo más importante, sin puñeteras ganas de guerra. Estas batallas no entraban en el esquema de la nueva vida que me había marcado.
No sé si como consecuencia de todo lo anterior, mi cuerpo y mi mente entraron en una apatía que traducido al Román Paladino, era/es un cansancio físico/mental que hace que no tenga ilusiones por nada. Es un verdadero esfuerzo hacer cualquier cosa que se perfectamente que tanto mi cuerpo como mi mente se están capacitados para hacerlo. Tengo la completa seguridad de que esto no es una depresión. Experiencia en la misma tengo.
Releo los motivos hasta aquí escritos. Pienso en alguno más. Se me ocurre otro. No soy de los que considero al tabaco la causa de todos los males, pero si me jodía y bastante ser esclavo de una droga que nada me aportaba y estaba preparado para dar el paso de dejarlo, fue venirme aquí e ir entrando en esta mierda y cada vez me veía más incapaz de soportar el deshacerme del habito y de pasar el mono. Tengo la experiencia de haberlo dejado dos veces y sé que hay que tener muchos cojones para hacerlo, cosa que ahora no me los veo. Esperaba un momento de fortaleza para conseguirlo, pero esta no solo no llega sino que cada vez tengo menos. En el fondo de mi cerebro me decía que solo volver lo llevaría a cabo.
Ya solo me viene la pre puntilla: La extirpación, más bien la trituración, de los tumores de mi vejiga, y digo pre, porque como decía ayer me queda mi nueva operación, mis nuevas pruebas para saber si estoy apto para soportarla y otro año más de quimioterapia. No es nada.
Pues bien, me quedaría mirar hacia mi interior, analizar una por una, y ver qué soluciones puedo sacar de mi mismo.
El frio: Efectivamente nunca me ha gustado, pero siempre le he presentado cara. Es más, en los últimos años laborales, siempre utilizaba como vehículo mi moto, y cuantas veces he ido a la empresa nevando. Curiosamente llegaba al trabajo con calor. ¿El por qué no le presente cara al volver? Pienso. Uno o dos meses antes de volver, ya orinaba sangre, y hubo momentos que bastante. Yo y mi puta manía de que el cuerpo es una maquina cuasi perfecta que tiene los suficientes recursos para su propia curación. No reparé en que la hemoglobina, ya la debía tener por los suelos, y si aquí llegó un momento en que me desmayé por tenerla muy baja e incluso según me dijeron, lo raro es que no me hubiera dado un infarto, por lo que, que estuviera debilitado era de lo más normal, debilitado y con frio, no es extraño que estuviera por los suelos.
Por lógica era muy posible que esta fuera la causa del cansancio y que en tal estado no acometiera los otros problemas en el estado de ánimo que debía.
Según las últimas analíticas, todos los parámetros los tengo estupendamente, luego lo del cansancio físico no tiene razón de ser, así que es hora de que al menos a este le vaya presentando cara, a pesar de que el mental sea un freno y el cual conforme siga escribiendo vea la solución para deshacerme de él. En cuanto al frio propiamente dicho, dentro de unos días empieza la primavera, y aunque conozco demasiado bien este terreno y se perfectamente que cuanto más floridos estén los arboles, vendrán algunas escarchas, debo desterrar el miedo con que cada mañana pienso en él.
Frio y cansancio físico, al carajo.
Separación de bienes: Cuando llegue a Costa Rica, me desesperaba de la lentitud con el que se resolvían los problemas burocráticos y con la estoicidad que se lo tomaban los ticos. Siempre ves la paja en el ojo ajeno y no la viga en el tuyo. Para lento este puto país. Solo llegar me puse en contacto con mi abogada (en realidad cuando me fui le había dejado hecho un poder para que esto lo resolviera ella sin estar yo aquí) y le advertí que o aceleraba el asunto o tomaba otros derroteros en los que no contaría con ella. Se empieza a mover el asunto, peritaciones, desacuerdo con las mismas y cada vez que me pongo en contacto con ella, la misma contestación: Todo va muy bien. Ni puta idea de cómo va y mucho menos cuando acabará. ¿Intentar aclarar esto con hacienda? No lo veo claro. ¿Pagarle y al menos me evito multas? Es lo que debía hacer. ¿Qué hacienda me estafa? Que a Zapatero le sirva para curarse como mínimo un dolor de muelas. ¡Cabrón de los cojones!
La herencia: Ya va para dos años que murió la última de mis progenitores. Mis dos hermanitas la están disfrutando, así que no solo no tienen prisa por repartirla, sino que están echando todas las piedras en el camino para que se retrase el máximo posible. Otro de mis hermanos con sus teorías delirantes lo que estaba haciendo era hacer que la piedras fueran de mayor tamaño. Viendo que la cosa podía llegar al infinito, mi otro hermano y yo recurrimos al juzgado para que este sea el encargado de hacer las particiones, pero los jueces pertenecen a una casta especial y te dicen que somos parias y que para hablar con nosotros lo tienen que hacer a través de intermediarios, procurador y abogado (en este país no solo zapatero nos chupa la sangre, rebajándole el sueldo a los funcionarios y congelándole la pensión a los que la tienen), los jueces ante dos testamentos hechos y pagados ante notario, tienen que contar con la ayuda de los antedichos para descifrárselos y por supuesto pagándoles también (nosotros, no el juez). Pues bien desde que vine también estoy en esto. ¿Cuándo se resolverá? Por aquí se dice: La justicia es lenta. Yo añadiría y los que viven de ella la enlentecen más, llámese abogados, procuradores y demás chupópteros. Todos tenemos que vivir, dicen ellos. No de nuestra sangre, añadiría yo.
No es cuestión de que mis queridas hermanitas se queden con ella. Ya me robaron bastante apañando testamentos y solo con eso debían de tener bastante para tomar todo el Trankimazin que les hace falta. Esperar, es la única solución que me queda. Tampoco es ningún trauma; en realidad no estoy agobiado por falta de dinero.
La patente: Solo llegar, me pongo en contacto con las oficinas de la propiedad industrial que me la gestiona. Le mandan a la empresa que la está utilizando una carta verdaderamente amenazadora, pasa bastante tiempo y al final contestan que el método que están usando no es exactamente igual que el de mi patente. ¿Y ahora qué? Les pregunto a mis defensores. Directamente a Juicio. Ya me habían pedido dinero para ponerse en contacto con ellos y me piden bastante más para, y se repite la historia, procuradores y demás gaitas. Vamos a ver, les digo: Mi lucha va a ser con una multinacional, antes de llegar a pleitos, porque no me informáis de las posibilidades que tengo de ganar. Aun espero su contestación. Es mucho dinero el que podía sacar de aquí, pero también es mucho el que podía perder en caso de que el departamento jurídico de la multinacional me llevara al huerto. No estoy lo suficientemente adinerado como para jugar a semejante lotería, así que por ahora lo he dejado. Puede que si algún día cojo algo de la dichosa herencia, me vuelva a decidir a intentar joder a los que tan bien me la jugaron. Sabían de mi patente, me conocían y la pusieron en funcionamiento de forma que hicieron lo posible porque ni me enterara. Que una multinacional se aproveche y juegue a joder a los más débiles no me hace puta gracia. Por otra parte me pregunto: ¿Qué ganaría? La respuesta es dinero y quizás mucho. Maldito dinero; no quiero ser rico para nada. Solo quiero tener el suficiente para cubrir mis necesidades que no son muchas. Que le den por el culo al dinero.
Es curioso que en estas tres últimas cosas, no pida nada que no sea mío, pero en las tres interviene la justicia y complican la cosa hasta el infinito. He vivido mucho tiempo junto a los gitanos y una de sus maldiciones favoritas era: “Juicios tengas aunque los ganes”. Ellos hablaban y cerraban los tratos con un apretón de manos que iba a misa.
Lo más inmediato que me viene a la cabeza como solución es mandar estos casos al carajo y que los demás disfruten de lo que es mío, pero temo de que encima me persigan, como en el caso de Hacienda, por no entrar en el sistema. Por ahora los dejaré y que el tiempo vaya marcando sus ritmos.
Por último mi repetida operación de tumores en la vejiga. En el documento que he firmado de consentimiento, me advierten:


En el mejor de los casos, que nada de esto me ocurra, me queda un año de tratamiento de quimioterapia, si no se vuelve a interrumpir a los aproximadamente seis meses en el que al hacerme una nueva cistoscopia no se me han reproducido nuevos tumores.


No, las perspectivas no son nada agradables.
Otra vez repito: En el mejor de los casos, me puedo ir olvidando de mi vuelta Costa Rica. Posiblemente pierda la que tanto trabajo me costó conseguir.
Mi amiga anónima me decía: … lo que sí es cierto es que no depende del lugar en donde estemos... (Se refería a la felicidad), le digo que pasa igual que con el dinero, que no la da, pero ayuda.
No me veo encontrándola en este mundo al que cada vez le tengo más manía, pero lo cierto es que tendré que cambiar el chip e intentar aferrarme a Paulo Coelho y buscar ese bien preciado en el lugar donde doy por supuesto me será difícil encontrarla.
No lo tengo fácil.
En este caso, nada de ponerme al pairo, o le pongo proa a la mar o lo tengo bastante jodido, y para hacer esto, lo primero que tengo que hacer es sacudirme la diarrea mental en la que estoy sumido.
Que los dioses me acompañen.
La verdad es que cuento con una ayuda inestimable y pienso que no estoy sabiendo aprovecharla.

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Cistoscopia vesical. De cómo me han tirado la moral por los suelos


De lo único que estoy seguro hasta ahora es que tengo un buen cacao mental. Desde ayer por la tarde dejé la mente en blanco, cosa que hacía tiempo ni lo intentaba, y hasta esta mañana no he vuelto a la realidad. Se me está haciendo muy cuesta arriba.
En esta última fase de mi vida, la mente me ha jugado muy malas pasadas, y he procurado estudiarla llegando al convencimiento de que el cerebro por mucho que los científicos estén ahora investigándolo, descubrirán antes la eterna juventud, que prevenir una puñetera depresión. No digamos nada el intentar llevarnos a la felicidad.
Que existe el baúl de los recuerdos es cierto, pero quizás lo que mucha gente ignora es que en el cerebro existen dos, el de los malos y el de los buenos, e inteligente que es este órgano, el de los malos, cada vez que introduce uno, lo precinta. Si cada persona tuviera a flor de piel todos los malos recuerdos que ha acumulado durante su vida, seria inmensamente desgraciada. Se puede desprecintar y recuperarlos, y de hecho hay personas que disfrutan haciéndolo, personas que por otro misterio de este órgano, les gusta ser desgraciadas, pero no es lo común.
Tampoco es instantáneo el sellar estas llamémosle desgracias, tardan un tiempo durante el cual sufrimos y precisamente uno de mis trucos era construirme unos muros contra esos reveses de la vida acelerando el tiempo de olvidarlos. Más de una persona se ha reído/dudado de esta capacidad mía.
También tengo seguro de que el pasado no existe. Como si en un disco duro se tratara, podemos recuperar pasajes del mismo que normalmente nos ayudan a planificar el futuro (podía ser la experiencia y no repetir lo que hicimos mal).
Tendemos a creer que el mundo que conocemos fue siempre así y nada más incierto. Ahora la ciencia no para de investigar sobre el alargamiento de la vida (es un buen chollo para la poderosa industria farmacéutica) y ya se habla que dentro de relativamente poco la esperanza de vida ronde los ciento veinte años (Se pronostica que podrá ser de cuatrocientos años), pero ignoramos que hasta hace ciento y poco de años esta era de treinta (sigue siendo esta en algunas partes del mundo y cito como ejemplo Sierra Leona). Con treinta años de vida y con las condiciones tan adveras para que esto ocurriera, las personas solo tenían tiempo para procrear e intentar enseñar a defenderse a su prole. La felicidad para ellos no existía. Es algo nuevo para nosotros. Ahora le llaman calidad de vida. El hecho cierto, es que si acabamos nuestra vida laboral a los sesenta y cinco, sesenta y siete u ochenta y nos quedan cuarenta u ochenta años rascándonos las pelotas, lo lógico es pensar en pasarlo lo mejor posible (otro chollo para la industria farmacéutica) y por primera vez los científicos están hablando de la felicidad.
Y aquí viene mi gran incógnita: El futuro.
Doy por cierto de que existe, luego para obtener la felicidad que mejor que averiguar en que consiste esta cosa para nosotros y planificarlo, pero no, no es tan fácil. Ni he pensado ni he visto que porcentaje de cosas que planificamos las llevamos a cabo, lo cierto es que Ley de Murphy en este último año, se me está volviendo bien en contra.
Yo había planificado la búsqueda de la felicidad. También se que esta no existe como cosa tangible, pero llegué al convencimiento de que por el solo hecho de buscarla te podrías acercar a algo próximo a ella.
Me alejé de este país, al cual consideraba un lastre para este fin, fuí a uno bien alejado en el que no conocía a nadie y mucho menos sus costumbres y acerté. Han sido dos años de mi vida muy satisfactorios y si echaba algo de menos que era un hombro en el que apoyar mi cabeza en algún momento de debilidad, al final también lo encontré. Salí de mi depresión diciéndome que jamás uniría mi vida a la de ninguna mujer y sin proyectar nada me llegó la mejor.
Problemas burocráticos (el sistema se encarga de recordarte que te tienen amarrado aunque te encuentres en el polo opuesto de donde te ficharon) que me complicaban mi estancia allí, me decidieron volver para solucionarlos. Esperaba resolverlos en dos o tres meses como mucho y rápidamente emprender la vuelta, pero llega el futuro no planificado, destino o lo que coño sea y acabo ingresado en un hospital para operarme unos tumores en la vesícula. Esto fue en septiembre del año que pasado.
Operación finiquitada, así que ya mismo vuelvo a cruzar el Atlántico. Craso error, la operación solo era parte de un protocolo. Posterior a la misma, analíticas, revisiones medicas pero en especial quimioterapia de baja intensidad (los tumores no eran malignos) no solo para hacer desaparecer las células que no hubieran eliminado la cirugía, sino para prevenir que salieran más (este tipo de tumores, tendían a reproducirse, me dijeron).
Lo que más esperaba era la cistoscopia, en ella se podría ver en directo, a través de una cámara de televisión el estado en que se encontraban los, digamos, restos de los dichosos tumores (o eso creía yo).


Esta vez sí pude ir observando desde que el urólogo fué introduciendo el dichoso tubito, (que por mucho que digan que no duele, no es nada agradable), todo el recorrido que hizo. No solo eso sino que no me corté nada de ir preguntándole todo lo que no veía claro, incluso el me explicaba lo que consideraba interesante que yo supiera y no le había preguntado.
El color de la uretra, rosado, me parecía muy sano. Paró en una especie de mancha oscura y me dijo era la próstata, el interior de la vejiga, también me parecía muy sana, hasta que llegó a una zona más blanquecina y con una superficie rugosa que ya me escamó. Como es lógico le pregunté: ¿Y eso que es?
Son los restos de los tumores que te operaron
Tienen muy mal aspecto
Al contrario, están muy bien
Entonces todo bien ¿no?


Retrocedió el endoscopio hasta un par de pequeños pliegues que ya antes había visto, que aparentemente también tenían buen color, y me dijo: Pues no. ¿Ves esto?, pues son dos nuevos tumores.
Vamos a ver, si he seguido el tratamiento de quimioterapia que no solo era para reparar los tumores operados sino para prevenir otros nuevos, como coño me han aparecido otros dos
El mal ya estaba hecho, me dijo.
¿Y entonces?
Pues que hay que volver a operar
El mundo no solo me cayó encima, sino que me pareció muy pesado.
Del quirófano nos fuimos a una especie de despacho, y a rellenar papeles de en qué consistía la operación, permiso para ejecutarla, informe al anestesista para que él me hiciera sus correspondientes pruebas y para de contar.
Para ellos pura rutina.
Otra cosa que aprendí, durante mis avatares con mi masa de neuronas, fue dejar la mente en blanco. Así se me quedó ayer sin yo pretenderlo. Probablemente sea un sistema de defensa. Veía la televisión sin saber que estaba viendo. Si algo recuerdo es que no quería poner cara de preocupación para no causar malestar a los demás, aunque estoy seguro no lo conseguí.
Este estado me ha durado hasta esta mañana en que he despertado, pero solo hacerlo me he puesto a barruntar.
¿El por qué otra vez? No le temo a la operación en sí, aunque no es nada agradable volver al hospital, encamarme, estar conectado a través de una vena a una bolsa de lo que quieran introducirte en el cuerpo, que después te tengan sondado para observar si sangras después de la operación y demás gaitas, no es a nada de eso a lo que temo.
Temo mas al mono del tabaco el tiempo que este ingresado. Pienso en quitarme del causante de todos los males, y no es que ya me vaya a solucionar nada (el mal ya está hecho según el urólogo), pero mi experiencia de otras veces es que para hacerlo hay que tener mucha fortaleza de espíritu, todo lo contrario que ahora.
Ya desde que volví de Costa Rica, el tiempo se me ha hecho eterno. He estado amuermado, hasta el punto que fui a otro médico para ver a qué se debía esta apatía. Me dijo que me notaba desambientado. Nada le había dicho de mi estancia en Centroamérica ni mi animadversión por este país.
Todavía no tengo claro que tenga que perder casi otro año de mi vida con estas mierdas de tumores.
Al igual que no comprendía que no se hubiera descubierto nada para disolver los coágulos de sangre en mis primeros tumores sangrantes y que hubiera que expulsarlos con grandes dolores o absorbiéndolos con una jeringa, mucho menos comprendo que una vez que te han detectado uno, no haya ningún medicamento que detenga la aparición de otros (en teoría es la quimioterapia, para al menos en mi la cosa ha sido un fracaso estrepitoso) y que tenga que ser con la cistoscopia con la que te lo tengan que ver, porque a partir de aquí, mi gran pregunta es: ¿Después de la segunda operación, me volverán a salir más? ¿Tendré que estar lo que me quede de vida en la mesa de operaciones? ¿Es esta la calidad de vida que pretenden que tengamos alargándonosla?

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Malditos protocolos. Me están jodiendo mi vuelta a Costa Rica

Por fin llega el esperado día. La revisión médica para ver cómo va el postoperatorio de la extirpación de un tumor (¿o tumores?) de mi pobre vejiga. Sigo a rajatabla todo lo que indicaron: Introducción en la vejiga urinaria de medicamentos de quimioterapia para prevenir la reaparición del tumor, y beber mucha agua (empecé con 2,5 litros/día y me he estabilizado en dos), así que voy tranquilo.
Con anterioridad a esta cita me habían hecho análisis en diferentes departamentos de la Seguridad Social los cuales los tendría en su poder el Urólogo que me reconociera (¿me reconociera?).
Sale la enfermera pregonando mi nombre y me introduzco en la consulta. Los buenos días por mí parte. El médico estaba intercambiando papeles con la enfermera/secretaria y al cabo de un rato me pregunta: ¿te han hecho la cistoscopia? No tenía muy claro que era, pero sabía que aparte de los análisis, nada me habían hecho, así que le digo que no.
Empieza a pasarme documentos para que los firmara (librándose de responsabilidades para caso de que me ocurriera algo en la exploración, y uno de ellos citándome para un nuevo reconocimiento (para Mayo).
¿Pero para cuando es la dichosa cistoscopia?
Cuando haya tiempo/espacio le avisaran por teléfono.
Muy bien, me digo, esto es tenerlo todo bien organizado. Doy por supuesto que será antes de la segunda revisión, o sea antes de Mayo.
Me mira a los ojos y me dice: Bueno, ya está.
Hombre si no le importa yo quisiera hacerle un par de preguntas.
Por supuesto.
Estoy en una racha de cansancio físico/mental y el médico de cabecera me ha dicho que es como consecuencia del tratamiento que me están poniendo.
Estos tíos son la hostia (o algo similar), se quitan el muerto de encima y nos lo echan a nosotros. Se estaba dirigiendo más a la enfermera que a mí.
Los análisis indican que todo va muy bien.
Segunda: El tratamiento con Mitomicina, me lo pueden seguir haciendo en Costa Rica, pero me piden un informe médico, le importaría hacérmelo.
Eso te tienes que dirigir a… (No recuerdo que coño de departamento me dijo) y allí solicitarlo.
Voy a abusar, ¿que tiempo es el mínimo, en el que tengo que estar con el tratamiento de Mitomicina?
Seis meses (Supongo que el tenerte durante un año con él es para que no quede una puta célula viva).
Adiós y gracias por todo.
Salgo mas despistado que nunca. Ahora sé que no sé nada, ni cuando me meterán la cámara de televisión por la uretra para ver como está mi vejiga, y mucho menos cuando me podre ir a Costa Rica con ciertas garantías. Lo que tengo la completa seguridad es que ellos están cumpliendo los protocolos a rajatabla y me los están haciendo cumplir a mí. Yo no soy un enfermo, soy un puto número, el cual no pongo aquí no vayamos a que se venguen teniéndome tres años de tratamiento.

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De cómo me dieron por el… meato. Hematuria por tumor en la vejiga

La verdad es que hay veces que me paso. Al menos desde el mes de febrero orino sangre, pero hace bastante tiempo que soy partidario de la teoría hipocrática de dejar al cuerpo que actúe. La cosa era intermitente, echaba un grumo y se me cortaba. Ya en España, no recuerdo bien cuando me volvió la hemorragia, y los grumos que expulsaba pasaban de castaño oscuro, sin que se me cortara.

Alguien había estado en mi médico de cabecera porque mi tarjeta sanitaria había dejado de darles órdenes a las computadoras farmacéuticas de las medicinas que me correspondían, y al ver este el tiempo que hacía que no había estado sin reclamar los servicios de la Seguridad Social, me imagino que aparte de pensar que con elementos así su trabajo peligraría (cosa normal a estas alturas) por una vez aplicaría la medicina preventiva así que dijo que como mínimo fuera a hacerme unos análisis y que después pidiera cita para verlo.

Así hice por aquello de una vez al año no hace daño.

Lee delante de mí los resultados de los análisis de sangre y no de orina (nadie me dijo que tenía que hacérmelos), y cuando pone el papel sobre la mesa aprovecho para contarle mis cuatro achaques. Cuando en tercer o cuarto lugar le cuento lo de la sangre en la orina, cambia la expresión de su cara y me dice: Ahora comprendo lo de la anemia que aparece en los análisis.

Mira, te podía dar cita para el urólogo, pero mi consejo es que te vayas a urgencias.

Dicho y hecho (no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy), cojo un taxi y al hospital me dirijo.

Me atienden bien, no veo las aglomeraciones que en otros casos habia visto, las instalaciones me parecen buenas y no es mucho el tiempo que tardan en atenderme (no todo va a ir mal en este país). La doctora que me ve, me dice que me harán análisis de orina y sangre, y que cuando estuvieran los resultados me volverían a ver. Paso directamente a la consulta de enfermería, pinchazo en la vena y meada en el bote en el que suelto un hermoso grumo.

¡Bueno, bueno! Me dice cuando me vuelve a ver, tienes bajo el hierro, yo te aconsejo que comas higaditos. Te vas a tomar estos antibióticos que te receto, cuando los acabes vuelves a tu ambulatorio que te hagan los análisis que te pongo en el informe y con ellos vas a ver a tu médico de cabecera. ¡Ahhh! bebe mucha agua.

Menos en lo de los higaditos cumplo a rajatabla lo de los antibióticos y lo de beber mucha agua.

Aproximadamente una semana de unas hermosas píldoras, una por la mañana y una por la noche, pero en el transcurso de la misma observo que la sangre aumenta, los grumos son cada vez son más dolorosos de expulsar, y que la debilidad se va apoderando de mi cuerpo. María insistía que fuéramos a urgencias, pero yo total enemigo de los protocolos, quería seguirlo.

Día D, me despierto a las siete de la mañana, me ducho, me visto y cuando entro en el baño para peinarme, noto que las piernas no aguantan el peso de mi cuerpo y caigo como si de un trapo se tratara. Voy recobrando la conciencia y veo que mi hijo trataba de incorporarme a la cama, a María la escucho por teléfono pedir una ambulancia. Cuando me doy cuenta estoy acostado dentro de la misma camino del hospital.

A la llegada, un poco de espera, se acerca una camilla y me llevan directamente a la enfermería. Toma de sangre y ya me dejan la "guia" fija y me advierten que me van a colocar una sonda y que me dolerá. Hasta aquí estaba convencido que no temía a nada y soporto muy bien la introducción de semejante cuerpo extraño. Unos cincuenta centímetros de larga, y uno en la parte ancha de su sección oval. Paso en camilla a algo así como una sala vigilada de emergencias. Se interesan por mi estado varias enfermeras, pero pasa el tiempo, y por la experiencia anterior supongo esperan los resultados de los análisis.

Muy tranquilo; quizás demasiado tranquilo. Camillas solo estaba la mía, pero había muchas sillas de ruedas con gente sobre ellas. Me dedico a observar a uno/a por uno/a y lo que más me llama la atención era la cara de miedo (en algún caso quizás de terror). No me entraba en la cabeza. ¿Miedo a qué? Después lo pagué.

Veo por allí a la doctora que me atendió la primera vez y no tuvo el detalle de hablar conmigo. Sé que lo hizo con María lo que me hace pensar que tenía mala conciencia. Con lo de los higaditos, se pasó.

Una de las enfermeras se me acerca y me dice que pronto vendrá a verme un médico. No tarda mucho en hacerlo y me comunica que me van a pasar a planta. Llega el celador y viaje en camilla por pasillos, ascensores hasta llegar a la que va a ser mi habitación durante no sé cuántos días [he perdido el sentido del tiempo (he tenido que preguntar en qué fecha me ingresaron)].

Habitación doble y con las dos camas vacías. Me ponen junto a la ventana, lo que después comprobé me vino muy bien. Me conectan una gran bolsa de agua a la sonda y otra bolsa de suero a la guia. No es mucho lo que tardaron en sustituir esta última por una de sangre. También desde la sonda otro tubo hasta otra gran bolsa situada en el suelo.

Traen de quirófano a alguien que acababan de operar del tímpano. Iban a acometer reformas en la otra ala de la planta dedicada a otorrinolaringología, y mezclaban enfermos. Ese mismo día le dieron de alta y volví a quedarme solo.

¿Pero y de mi sonda? La verdad es que ni con mucho esperaba lo mal que lo iba a pasar con el dichoso invento. El que la sonda tuviera sección ovalada tenía su explicación: En realidad es un doble tubo uno conectado a la bolsa de agua alta y otro a la baja; por gravedad, el agua pasaba de una a otra y a su paso por la vejiga la iba limpiando de coágulos (así los llamaban ellos). El flujo se regulaba en el gotero. Todo hubiera ido bien si los coágulos hubieran sido de menor diámetro que el interior del conducto de salida, pero no, los míos debían de ser enormes y la atascaban y cuando esto ocurría puedo asegurar que el dolor era horrible. La única solución para que no rabiara era desobstruirla cosa que hacia la enfermera metiendo agua con una jeringa en sentido inverso. Ya aprovechaba para hacer unas extracciones en las que sacaba cantidad de grumos (alguien insinuó que aquello parecía asadura). A todo esto, intentando buscar la mayor concentración de grumos, sacaban y metían la sonda para que fuera recorriendo las diferentes partes de la vejiga. También al hacer la extracción se atascaba la jeringa (o la sonda) y me hacía un vacío que me causaba un buen dolor. Todos estos dolores que me causaban con las extracciones no eran nada comparados con el que me producía la obstrucción de la sonda.





Las obstrucciones, y por tanto los dolores para rabiar, iban en aumento, así que la enfermera pensó que aquello se escapaba de sus posibilidades y aviso al urólogo de guardia el cual vino acompañado de un MIR. Recibidas las explicaciones de la enfermera, lo primero que le dice es que se traiga una sonda del veintidós (¿o ciento veintidós?), que la que tengo es demasiado pequeña (¡Dios!.. a mí me parecía enorme).

Esta vez lo voy a hacer yo, dice dirigiéndose al MIR, así que fíjate para la próxima vez que seras tú el que lo haga.

Sin contemplaciones tira de la que tenía y me introduce la nueva. Jeringazos van y jeringazos vienen. Impulsa agua y extrae coágulos, mueve la sonda buscando los posibles nichos donde se acumulan. Después de más de media hora, acaba. No sé cómo se quedaran las mujeres después de parir, pero yo sentí una gran sensación de alivio, a pasar de la extracción de la sonda y de la introducción de la nueva y de los movimientos de esta última.

Desde que llego noté su acento latinoamericano, así que al acabar le pregunto qué de qué país era. Venezolano, me contesta, o de lo que queda de ella. No debe ser muy partidario de Hugo Chaves.

No es por nada, le digo, pero ¿cuándo me vais a operar?

Vamos a ver, me dice, para operarte primero hay que diagnosticar lo que tienes, cosa que aún no se ha hecho. Tu estas en esta cama no para opérate, sino porque has entrado con una hematuria bien jodida, cuando debías tener un valor de trece de hemoglobina, estas en cinco y lo extraño es que no te haya dado un infarto al no llegarte oxígeno al corazón.

Ni con mucho, fue el último espasmo, obstrucción de la sonda o como coño se llame, que tuve, así que no sé exactamente cuántos días pase rabiando. En especial recuerdo uno a las cuatro de la mañana, en el que no se el por qué me imagine con la cintura rodeada de unos cartuchos de dinamita y no encontraba el botón para hacerlos estallar. Lo hubiera hecho con sumo placer.

¿Alguna mujer pariendo habrá sentido esa necesidad? Sé que las comparaciones son odiosas, pero lo cierto es que una mujer pare y se acabó; yo en estos días he parido multitud de veces, o al menos eso me ha parecido.

Un día en el hospital al menos para los/as trabajadores/as del mismo es pura rutina: se llevan líquidos, curas (inyección en la barriga y otras), cambio de sabanas, aseo del enfermo, desayuno, cambio de sueros y demás goteos (cosa de la que están pendientes los familiares), toma de temperatura y de tensión arterial y cuando todo esto se ha llevado a cabo, revisión médica. No sé por qué pensé: Estos me curan la hemorragia y me mandan para mi casa, y yo que quería acabar de una puta vez así que cada vez que aparecía el medico en su visita rutinaria, le pegaba la paliza insinuándole que sin operarme de allí no me iba.

Para poder operarte, se tiene que alinear los planetas con el sol: Que por la tarde que son las operaciones de urgencias, haya un hueco, que el anestesista este de acuerdo, que no fallen los materiales, etc., etc., etc.

Algo debí influir sobre él, porque para pasar por la mesa de operaciones, hacen falta unas pruebas preliminares y una mañana sin previo aviso, arrastran de mi cama, conmigo encima por supuesto, pasillos y ascensores nuevamente y a la sección de Rayos. Ecografía y el radiólogo, me dice que tengo un tumor en la vejiga y que la tengo llena de coágulos (que me lo digan a mí, me dije). Lo del tumor dicho en un hospital y siendo tú el portador, suena fuerte, pero me daba igual, lo importante es que lo quitaran.

Nuevo paseo en cama esta vez a rayos. Radiografías en dos poses distintas del pecho.

Ya daba por hecho que operarme me operaban, pero hacía falta que el hueco en urgencias.

Era por la mañana cuando veo aparecer a tres urólogos (los conocía) y me dicen que si no falla nada esta tarde me operan. El dios de alegría que di yo creo se escuchó en la luna. Se extrañan de semejante euforia, y me hacen firmar un par de papeles. Me imagino que lo que firmo es para librarles de responsabilidad en caso de que me quede frito en la mesa de operaciones, pero me da igual, lo importante es que me liberen de mis dolores.

Tarde larguísima. Las personas que tengo a mi alrededor me van avisando: ya han salido las limpiadoras del quirófano, ya han metido a uno, ya ha salido el médico y está informando a los familiares, otro más. Pasa el tiempo y ya dudo de que entre, pero por fin llega mi turno. Fui el último del día que operaron.

Reconozco que una operación no es moco de pavo, además de los tres urólogos, había bastantes más anestesistas, enfermeros, camilleros, y no sé cuántos más. Me queda claro que los que manda en la sala de operaciones son los anestesistas. Uno de ellos me hace firmar nuevos papeles y otro me hace una indagación a fondo sobre mi estado físico, posibles riesgos de la anestesia, y que intentaran dormirme solo de cintura para abajo, pero que no sería de extrañar que en un momento determinado recurrieran a la anestesia total. También que la parte de arriba me la anestesiarían un poco, para que no estuviera pendiente de la operación a lo que le dije que todo lo contrario, que quería no solo estar pendiente, sino no perderme detalle. Accedió a no adormilarme y a los urólogos les dije que si podían poner la pantalla de forma que yo viera lo que ellos; me dijo que no iba a ver nada pero que lo intentarían cosa que al final no pudo ser: O veía él o yo.


La operación a través del conducto urinario (así lo tengo). Final de la operación y el urólogo me dice que me han quitado un tumor de unos cuatro centímetros y otros dos del tamaño de una lenteja.

He de decir que con todos los que hable antes, durante y después de la operación se extrañaron de lo contento que estaba. Pregunte como solía llegar el personal a la sala de operaciones y me vinieron a decir que acojonados. No habrán tenido los dolores que he tenido yo, me dije.

Nuevo recorrido en cama hasta la sala de recuperación. Era el único que había. Varias horas allí. Notaba que iba recuperando la movilidad, pero no la sensibilidad. Creo que esta no la recupere hasta el día siguiente.

Traslado a mi habitación y cuando me las prometía felices, nueva obstrucción de la sonda. Enfermera limpiándome a base de jeringazos y no se las piensa mucho, me pone una inyección de morfina y caigo como un chorlito. Por supuesto es la noche que mejor dormí.

A partir de aquí, vigilancia del agua que salía por la sonda para ver si sangraba, espasmos, aproximadamente uno cada hora fuera día o noche. Y a no parar de darle la lata al médico que hacia el recorrido diario preguntándole cuando me iban a echar. Le saco que el viernes si todo iba bien posiblemente me darían el alta.

Aunque también se me hizo eterno, llego el viernes.

El medico solía pasar sobre las once y ese día paso a cerca de las dos. Me da el informe médico y una vez que me saquen la sonda (hacia un par de días que me habían quitado la bolsa que me suministraba el agua), carretera y manta.

Respira hondo, me dice la enfermera, tirón y allá sale. Tengo que decir que la sonda la meten con un lubrificante, pero este se solidifica y lo que en principio era una cosa lisa por el exterior, acaba siendo una cosa rugosa.

Camino de mi casa la sensación que tengo es que pasaba del infierno a la gloria, aunque también aquí me equivoque. Lo que llaman postoperatorio, tiene migas: espasmos en los que aguantas el dolor hasta llegar a un sitio donde mear, o no lo aguantas y te meas encima (diez o doce veces me dan por la noche, así que hay que imaginarse lo que duermo), no puedo tragar por el dolor de garganta (supongo que cuando tenía esos dolores horribles, o chillaba y me escuchaban en Latinoamérica, o intentaba amortiguar los gritos, cosa que hacía con la garganta, diarrea vete tú a saber de qué y paro.

Hay cosas que no entiendo: No entiendo que la industria farmacéutica no tenga un disolvente de coágulos, o puede que lo tengan y sea demasiado caro por lo que la Seguridad Social, se diga: te jodes y los hechas a pulmón.

La otra es el tabaquismo. En los hospitales, está totalmente prohibido fumar, y por otra parte saben, me lo confirmo el urólogo que pasaba revisión a diario, que el mono del tabaco es peor que el de la heroína. ¿Cómo coño no dan un tratamiento a los pacientes que son adictos o los dejan fumar?

Durante los tres o cuatro primeros días, el dolor ocultaba el mono del tabaco [es curioso como la mente establece las urgencias (primero sal de este dolor y después tendrás el mono)], pero pasado este tiempo, acudió y fumas por cojones. Yo lo hacía en la ventana, con la puerta de la habitación cerrada y un vigilante en la misma, el aire caliente en la habitación hace que a través de la ventana se establezca el efecto chimenea y el humo va hacia afuera. Esto gracias a que mi vecino de habitación, a pesar de no ser fumador, no solo me animaba a hacerlo, sino que me servía de vigilante. En los primeros con tres caladas me mareaba.



Una vez m me quitaron la bolsa de agua de suministro a la vejiga, la de salida de la misma la metía en una bolsa, como si fueras de compras, y dándome unos paseos siempre encontraba donde fumar. Es curioso que en la misma puerta del hospital, se ven enfermos entubados hasta los ojos y fumando. Es mejor ignorar la evidencia que ponerle remedio. O tratan a los adictos al tabaco a pasar el mono, o les permiten fumar; no hay otra.

No puedo dejar de citar aquí a Eduardo el compañero de habitación casi todo el tiempo de estancia. Casualidades de la vida, estuvimos diez años juntos en la Azucarera de la Vega. Cerraron y desde entonces no nos veíamos. Lo conocí solo ingresar, aunque él a mí no. Me daba ánimos y con las conversaciones que manteníamos, no solo recordando tiempos pasados, el tiempo en hospital se hizo más llevadero. Gracias también a Elia, su mujer.

Y qué decir de los familiares de los enfermos; los que los acompañan día y noche. Me dieron de comer (las manos las tienes inutilizadas con tantos tubos conectados a ellas), me dieron agua cuando tenía sed, avisaban a la enfermera cuando llegaban los dolores, te estiraban las sabanas cuando las arrugas se te clavaban hasta los huesos y un sinfín de detalles que hacen que dentro de estar hecho un bodrio, la cosa te sea más liviana. En mi caso le ha tocado a María. Podía haber sido sustituida alguna noche por alguna otra persona, pero ella no lo permitió. Cuando me despertaba por la noche y la veía acurrucada en aquella silla, me remordía la conciencia.

Dejar constancia que en La Seguridad Social me han tratado muy bien.

No hay mal que por bien no venga. Gracias a esta experiencia, he vuelto a ver a personas muy queridas que por circunstancias que no vienen al caso hacía mucho tiempo no tenía contacto con ellas. Espero fervientemente esta relación continúe.

Sigo con mis espasmos, sigo hecho una caca, no sé cómo coño he llegado a escribir esto, pero mi respeto por el castellano aquí se va a ir al carajo, no pienso enmendar en lo que lo maltrate. Quizás alguien a la que conozco se digne mandármelo corregido.

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De cómo me dieron por el… meato. Hematuria por tumor en la vejiga

La verdad es que hay veces que me paso. Al menos desde el mes de febrero orino sangre, pero hace bastante tiempo que soy partidario de la teoría hipocrática de dejar al cuerpo que actúe. La cosa era intermitente, echaba un grumo y se me cortaba. Ya en España, no recuerdo bien cuando me volvió la hemorragia, y los grumos que expulsaba pasaban de castaño oscuro, sin que se me cortara.
Alguien había estado en mi médico de cabecera porque mi tarjeta sanitaria había dejado de darles órdenes a las computadoras farmacéuticas de las medicinas que me correspondían, y al ver este el tiempo que hacía que no había estado sin reclamar los servicios de la Seguridad Social, me imagino que aparte de pensar que con elementos así su trabajo peligraría (cosa normal a estas alturas) por una vez aplicaría la medicina preventiva así que dijo que como mínimo fuera a hacerme unos análisis y que después pidiera cita para verlo.
Así hice por aquello de una vez al año no hace daño.
Lee delante de mí los resultados de los análisis de sangre y no de orina (nadie me dijo que tenía que hacérmelos), y cuando pone el papel sobre la mesa aprovecho para contarle mis cuatro achaques. Cuando en tercer o cuarto lugar le cuento lo de la sangre en la orina, cambia la expresión de su cara y me dice: Ahora comprendo lo de la anemia que aparece en los análisis.
Mira, te podía dar cita para el urólogo, pero mi consejo es que te vayas a urgencias.
Dicho y hecho (no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy), cojo un taxi y al hospital me dirijo.
Me atienden bien, no veo las aglomeraciones que en otros casos habia visto, las instalaciones me parecen buenas y no es mucho el tiempo que tardan en atenderme (no todo va a ir mal en este país). La doctora que me ve, me dice que me harán análisis de orina y sangre, y que cuando estuvieran los resultados me volverían a ver. Paso directamente a la consulta de enfermería, pinchazo en la vena y meada en el bote en el que suelto un hermoso grumo.
¡Bueno, bueno! Me dice cuando me vuelve a ver, tienes bajo el hierro, yo te aconsejo que comas higaditos. Te vas a tomar estos antibióticos que te receto, cuando los acabes vuelves a tu ambulatorio que te hagan los análisis que te pongo en el informe y con ellos vas a ver a tu médico de cabecera. ¡Ahhh! bebe mucha agua.
Menos en lo de los higaditos cumplo a rajatabla lo de los antibióticos y lo de beber mucha agua.
Aproximadamente una semana de unas hermosas píldoras, una por la mañana y una por la noche, pero en el transcurso de la misma observo que la sangre aumenta, los grumos son cada vez son más dolorosos de expulsar, y que la debilidad se va apoderando de mi cuerpo. María insistía que fuéramos a urgencias, pero yo total enemigo de los protocolos, quería seguirlo.
Día D, me despierto a las siete de la mañana, me ducho, me visto y cuando entro en el baño para peinarme, noto que las piernas no aguantan el peso de mi cuerpo y caigo como si de un trapo se tratara. Voy recobrando la conciencia y veo que mi hijo trataba de incorporarme a la cama, a María la escucho por teléfono pedir una ambulancia. Cuando me doy cuenta estoy acostado dentro de la misma camino del hospital.
A la llegada, un poco de espera, se acerca una camilla y me llevan directamente a la enfermería. Toma de sangre y ya me dejan la "guia" fija y me advierten que me van a colocar una sonda y que me dolerá. Hasta aquí estaba convencido que no temía a nada y soporto muy bien la introducción de semejante cuerpo extraño. Unos cincuenta centímetros de larga, y uno en la parte ancha de su sección oval. Paso en camilla a algo así como una sala vigilada de emergencias. Se interesan por mi estado varias enfermeras, pero pasa el tiempo, y por la experiencia anterior supongo esperan los resultados de los análisis.
Muy tranquilo; quizás demasiado tranquilo. Camillas solo estaba la mía, pero había muchas sillas de ruedas con gente sobre ellas. Me dedico a observar a uno/a por uno/a y lo que más me llama la atención era la cara de miedo (en algún caso quizás de terror). No me entraba en la cabeza. ¿Miedo a qué? Después lo pagué.
Veo por allí a la doctora que me atendió la primera vez y no tuvo el detalle de hablar conmigo. Sé que lo hizo con María lo que me hace pensar que tenía mala conciencia. Con lo de los higaditos, se pasó.
Una de las enfermeras se me acerca y me dice que pronto vendrá a verme un médico. No tarda mucho en hacerlo y me comunica que me van a pasar a planta. Llega el celador y viaje en camilla por pasillos, ascensores hasta llegar a la que va a ser mi habitación durante no sé cuántos días [he perdido el sentido del tiempo (he tenido que preguntar en qué fecha me ingresaron)].
Habitación doble y con las dos camas vacías. Me ponen junto a la ventana, lo que después comprobé me vino muy bien. Me conectan una gran bolsa de agua a la sonda y otra bolsa de suero a la guia. No es mucho lo que tardaron en sustituir esta última por una de sangre. También desde la sonda otro tubo hasta otra gran bolsa situada en el suelo.

Traen de quirófano a alguien que acababan de operar del tímpano. Iban a acometer reformas en la otra ala de la planta dedicada a otorrinolaringología, y mezclaban enfermos. Ese mismo día le dieron de alta y volví a quedarme solo.
¿Pero y de mi sonda? La verdad es que ni con mucho esperaba lo mal que lo iba a pasar con el dichoso invento. El que la sonda tuviera sección ovalada tenía su explicación: En realidad es un doble tubo uno conectado a la bolsa de agua alta y otro a la baja; por gravedad, el agua pasaba de una a otra y a su paso por la vejiga la iba limpiando de coágulos (así los llamaban ellos). El flujo se regulaba en el gotero. Todo hubiera ido bien si los coágulos hubieran sido de menor diámetro que el interior del conducto de salida, pero no, los míos debían de ser enormes y la atascaban y cuando esto ocurría puedo asegurar que el dolor era horrible. La única solución para que no rabiara era desobstruirla cosa que hacia la enfermera metiendo agua con una jeringa en sentido inverso. Ya aprovechaba para hacer unas extracciones en las que sacaba cantidad de grumos (alguien insinuó que aquello parecía asadura). A todo esto, intentando buscar la mayor concentración de grumos, sacaban y metían la sonda para que fuera recorriendo las diferentes partes de la vejiga. También al hacer la extracción se atascaba la jeringa (o la sonda) y me hacía un vacío que me causaba un buen dolor. Todos estos dolores que me causaban con las extracciones no eran nada comparados con el que me producía la obstrucción de la sonda.





Las obstrucciones, y por tanto los dolores para rabiar, iban en aumento, así que la enfermera pensó que aquello se escapaba de sus posibilidades y aviso al urólogo de guardia el cual vino acompañado de un MIR. Recibidas las explicaciones de la enfermera, lo primero que le dice es que se traiga una sonda del veintidós (¿o ciento veintidós?), que la que tengo es demasiado pequeña (¡Dios!.. a mí me parecía enorme).
Esta vez lo voy a hacer yo, dice dirigiéndose al MIR, así que fíjate para la próxima vez que seras tú el que lo haga.
Sin contemplaciones tira de la que tenía y me introduce la nueva. Jeringazos van y jeringazos vienen. Impulsa agua y extrae coágulos, mueve la sonda buscando los posibles nichos donde se acumulan. Después de más de media hora, acaba. No sé cómo se quedaran las mujeres después de parir, pero yo sentí una gran sensación de alivio, a pasar de la extracción de la sonda y de la introducción de la nueva y de los movimientos de esta última.
Desde que llego noté su acento latinoamericano, así que al acabar le pregunto qué de qué país era. Venezolano, me contesta, o de lo que queda de ella. No debe ser muy partidario de Hugo Chaves.
No es por nada, le digo, pero ¿cuándo me vais a operar?
Vamos a ver, me dice, para operarte primero hay que diagnosticar lo que tienes, cosa que aún no se ha hecho. Tu estas en esta cama no para opérate, sino porque has entrado con una hematuria bien jodida, cuando debías tener un valor de trece de hemoglobina, estas en cinco y lo extraño es que no te haya dado un infarto al no llegarte oxígeno al corazón.
Ni con mucho, fue el último espasmo, obstrucción de la sonda o como coño se llame, que tuve, así que no sé exactamente cuántos días pase rabiando. En especial recuerdo uno a las cuatro de la mañana, en el que no se el por qué me imagine con la cintura rodeada de unos cartuchos de dinamita y no encontraba el botón para hacerlos estallar. Lo hubiera hecho con sumo placer.
¿Alguna mujer pariendo habrá sentido esa necesidad? Sé que las comparaciones son odiosas, pero lo cierto es que una mujer pare y se acabó; yo en estos días he parido multitud de veces, o al menos eso me ha parecido.
Un día en el hospital al menos para los/as trabajadores/as del mismo es pura rutina: se llevan líquidos, curas (inyección en la barriga y otras), cambio de sabanas, aseo del enfermo, desayuno, cambio de sueros y demás goteos (cosa de la que están pendientes los familiares), toma de temperatura y de tensión arterial y cuando todo esto se ha llevado a cabo, revisión médica. No sé por qué pensé: Estos me curan la hemorragia y me mandan para mi casa, y yo que quería acabar de una puta vez así que cada vez que aparecía el medico en su visita rutinaria, le pegaba la paliza insinuándole que sin operarme de allí no me iba.
Para poder operarte, se tiene que alinear los planetas con el sol: Que por la tarde que son las operaciones de urgencias, haya un hueco, que el anestesista este de acuerdo, que no fallen los materiales, etc., etc., etc.
Algo debí influir sobre él, porque para pasar por la mesa de operaciones, hacen falta unas pruebas preliminares y una mañana sin previo aviso, arrastran de mi cama, conmigo encima por supuesto, pasillos y ascensores nuevamente y a la sección de Rayos. Ecografía y el radiólogo, me dice que tengo un tumor en la vejiga y que la tengo llena de coágulos (que me lo digan a mí, me dije). Lo del tumor dicho en un hospital y siendo tú el portador, suena fuerte, pero me daba igual, lo importante es que lo quitaran.
Nuevo paseo en cama esta vez a rayos. Radiografías en dos poses distintas del pecho.
Ya daba por hecho que operarme me operaban, pero hacía falta que el hueco en urgencias.


Era por la mañana cuando veo aparecer a tres urólogos (los conocía) y me dicen que si no falla nada esta tarde me operan. El dios de alegría que di yo creo se escuchó en la luna. Se extrañan de semejante euforia, y me hacen firmar un par de papeles. Me imagino que lo que firmo es para librarles de responsabilidad en caso de que me quede frito en la mesa de operaciones, pero me da igual, lo importante es que me liberen de mis dolores.

Tarde larguísima. Las personas que tengo a mi alrededor me van avisando: ya han salido las limpiadoras del quirófano, ya han metido a uno, ya ha salido el médico y está informando a los familiares, otro más. Pasa el tiempo y ya dudo de que entre, pero por fin llega mi turno. Fui el último del día que operaron.

Reconozco que una operación no es moco de pavo, además de los tres urólogos, había bastantes más anestesistas, enfermeros, camilleros, y no sé cuántos más. Me queda claro que los que manda en la sala de operaciones son los anestesistas. Uno de ellos me hace firmar nuevos papeles y otro me hace una indagación a fondo sobre mi estado físico, posibles riesgos de la anestesia, y que intentaran dormirme solo de cintura para abajo, pero que no sería de extrañar que en un momento determinado recurrieran a la anestesia total. También que la parte de arriba me la anestesiarían un poco, para que no estuviera pendiente de la operación a lo que le dije que todo lo contrario, que quería no solo estar pendiente, sino no perderme detalle. Accedió a no adormilarme y a los urólogos les dije que si podían poner la pantalla de forma que yo viera lo que ellos; me dijo que no iba a ver nada pero que lo intentarían cosa que al final no pudo ser: O veía él, o yo.


La operación a través del conducto urinario (así lo tengo). Final de la operación y el urólogo me dice que me han quitado un tumor de unos cuatro centímetros y otros dos del tamaño de una lenteja.
He de decir que con todos los que hable antes, durante y después de la operación se extrañaron de lo contento que estaba. Pregunte como solía llegar el personal a la sala de operaciones y me vinieron a decir que acojonados. No habrán tenido los dolores que he tenido yo, me dije.
Nuevo recorrido en cama hasta la sala de recuperación. Era el único que había. Varias horas allí. Notaba que iba recuperando la movilidad, pero no la sensibilidad. Creo que esta no la recupere hasta el día siguiente.
Traslado a mi habitación y cuando me las prometía felices, nueva obstrucción de la sonda. Enfermera limpiándome a base de jeringazos y no se las piensa mucho, me pone una inyección de morfina y caigo como un chorlito. Por supuesto es la noche que mejor dormí.
A partir de aquí, vigilancia del agua que salía por la sonda para ver si sangraba, espasmos, aproximadamente uno cada hora fuera día o noche. Y a no parar de darle la lata al médico que hacia el recorrido diario preguntándole cuando me iban a echar. Le saco que el viernes si todo iba bien posiblemente me darían el alta.
Aunque también se me hizo eterno, llego el viernes.


El medico solía pasar sobre las once y ese día paso a cerca de las dos. Me da el informe médico y una vez que me saquen la sonda (hacia un par de días que me habían quitado la bolsa que me suministraba el agua), carretera y manta.
Respira hondo, me dice la enfermera, tirón y allá sale. Tengo que decir que la sonda la meten con un lubrificante, pero este se solidifica y lo que en principio era una cosa lisa por el exterior, acaba siendo una cosa rugosa.
Camino de mi casa la sensación que tengo es que pasaba del infierno a la gloria, aunque también aquí me equivoque. Lo que llaman postoperatorio, tiene migas: espasmos en los que aguantas el dolor hasta llegar a un sitio donde mear, o no lo aguantas y te meas encima (diez o doce veces me dan por la noche, así que hay que imaginarse lo que duermo), no puedo tragar por el dolor de garganta (supongo que cuando tenía esos dolores horribles, o chillaba y me escuchaban en Latinoamérica, o intentaba amortiguar los gritos, cosa que hacía con la garganta, diarrea vete tú a saber de qué y paro.
Hay cosas que no entiendo: No entiendo que la industria farmacéutica no tenga un disolvente de coágulos, o puede que lo tengan y sea demasiado caro por lo que la Seguridad Social, se diga: te jodes y los hechas a pulmón.
La otra es el tabaquismo. En los hospitales, está totalmente prohibido fumar, y por otra parte saben, me lo confirmo el urólogo que pasaba revisión a diario, que el mono del tabaco es peor que el de la heroína. ¿Cómo coño no dan un tratamiento a los pacientes que son adictos o los dejan fumar?
Durante los tres o cuatro primeros días, el dolor ocultaba el mono del tabaco [es curioso como la mente establece las urgencias (primero sal de este dolor y después tendrás el mono)], pero pasado este tiempo, acudió y fumas por cojones. Yo lo hacía en la ventana, con la puerta de la habitación cerrada y un vigilante en la misma, el aire caliente en la habitación hace que a través de la ventana se establezca el efecto chimenea y el humo va hacia afuera. Esto gracias a que mi vecino de habitación, a pesar de no ser fumador, no solo me animaba a hacerlo, sino que me servía de vigilante. En los primeros con tres caladas me mareaba.

Una vez m me quitaron la bolsa de agua de suministro a la vejiga, la de salida de la misma la metía en una bolsa, como si fueras de compras, y dándome unos paseos siempre encontraba donde fumar. Es curioso que en la misma puerta del hospital, se ven enfermos entubados hasta los ojos y fumando. Es mejor ignorar la evidencia que ponerle remedio. O tratan a los adictos al tabaco a pasar el mono, o les permiten fumar; no hay otra.

No puedo dejar de citar aquí a Eduardo el compañero de habitación casi todo el tiempo de estancia. Casualidades de la vida, estuvimos diez años juntos en la Azucarera de la Vega. Cerraron y desde entonces no nos veíamos. Lo conocí solo ingresar, aunque él a mí no. Me daba ánimos y con las conversaciones que manteníamos, no solo recordando tiempos pasados, el tiempo en hospital se hizo más llevadero. Gracias también a Elia, su mujer.

Y qué decir de los familiares de los enfermos; los que los acompañan día y noche. Me dieron de comer (las manos las tienes inutilizadas con tantos tubos conectados a ellas), me dieron agua cuando tenía sed, avisaban a la enfermera cuando llegaban los dolores, te estiraban las sabanas cuando las arrugas se te clavaban hasta los huesos y un sinfín de detalles que hacen que dentro de estar hecho un bodrio, la cosa te sea más liviana. En mi caso le ha tocado a María. Podía haber sido sustituida alguna noche por alguna otra persona, pero ella no lo permitió. Cuando me despertaba por la noche y la veía acurrucada en aquella silla, me remordía la conciencia.
Dejar constancia que en La Seguridad Social me han tratado muy bien.
No hay mal que por bien no venga. Gracias a esta experiencia, he vuelto a ver a personas muy queridas que por circunstancias que no vienen al caso hacía mucho tiempo no tenía contacto con ellas. Espero fervientemente esta relación continúe.
Sigo con mis espasmos, sigo hecho una caca, no sé cómo coño he llegado a escribir esto, pero mi respeto por el castellano aquí se va a ir al carajo, no pienso enmendar en lo que lo maltrate. Quizás alguien a la que conozco se digne mandármelo corregido.

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